mi viaje vivir
Nacer, morir... Muchas veces, las personas viven pensando cuándo será ese día, y mientras tanto, la vida pasa. A menudo, estos pensamientos son invadidos por momentos en los que el piloto automático se instala en tu vida.
Me pasó. Durante muchos años no fui la persona que soy hoy. Mi camino estaba repleto de contradicciones y no encontraba ese rumbo que me llenara de felicidad, que me hiciera sentir que estaba haciendo lo correcto. Fueron muchos flagelos: violencia, sedentarismo, trastornos alimenticios, sentir que no era suficiente, creer que todo lo valioso estaba ahí afuera.
Pasé muchos años de mi vida sin ser yo. Y, por ende, esta estructura y este patrón lo sufrieron mis hijos, muchas veces. Hoy siguen preguntando por esa falta de la que, durante años, me ausenté inconscientemente, como un mecanismo de defensa. Tanto fue el desgaste, que incluso perdí mi audición —obviamente, una herencia de mi padre: otosclerosis.
La vida es perfecta cuando comenzamos a reconocernos, cuando descubrimos quiénes somos. Nadie tiene la magia de cambiarnos; cada uno irá atravesando sus propios desafíos: tormentas, diluvios, amaneceres, noches, días. Es en ese transitar donde nos iremos reconociendo: ¿quién soy? Y, sobre todo, ¿qué deseo en mi vida?
Ser la protagonista de mi vida y construir a partir de aceptarme. Aceptar quién soy y quién fue esa niña que habita en mí: herida, lastimada, sin amor, huérfana de viejas historias de mi linaje. Hoy lo puedo entender. Y hoy me abrazo, me cobijo, me doy amor. Esta adulta que soy abraza a mi niña, sobre todo viéndola, rescatándola, y en este presente, dándole mucho amor. Y sobre todo, lo más importante: **está**. La veo, la abrazo, la escucho, le digo que merece ser feliz. Hoy, yo la cuido.
La vida pasa. Los recuerdos de dolor se diluyen con el tiempo. Lo real quedan las cicatrices; esas son imposibles de borrar. Lo importante es que hoy ya no duelen tanto. Están ahí, y me muestran lo valiente que fui al atravesar todos los infiernos y encontrar, al fin, la paz.
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